Hacinados. Ha llovido. Hidalgo.
Los trenes se cargan en su totalidad conteniendo más que carnes, huesos, olores (a cebolla algunos), y equipajes manuales. Aunado a todo eso, están las cargas del día, las experiencias psicológicas, el cansancio, la alegría reprimida y la esperanza de que el pinche metro pite, se cierren sus puertas y podamos ir a la siguiente estación.
Después de casi diez minutos, lo hace. Juárez. 5 minutos, cebolla. Se mueve y llegamos a la Balderas del Tri. Intercambio de huesos, carnes y personalidades conjuntas. Espera, cebolla, 6 minutos. Se mueve. Niños Héroes y Hospital General, 5 minutos cada uno. Pffffssss de toda la gente. Mi primer "chingada madre" pronunciado en el metro: había resistido por casi tres meses a tomar todo simplemente como una experiencia cultural, pero ahora, aunque lo sigue siendo, me doy cuenta que mi carne, huesos y conjuntos psico-emocionales coexisten con las de otras 175 personas en el vagón.
Viene una correspondencia: Centro médico. Permanezco en el tren tras el nuevo intercambio masivo y me doy cuenta de que el olor a la cebolla eran unos mangos en bolsa que se encontraban bajo las piernas de una señora que sí alcanzó lugar. Como revancha, leo clandestinamente, con ella, "La Jornada" del día. Pemex, secuestros, Martí, PRD, Chihuahua, Erickson, Fabiruchis... lo terminamos. Después de 6 minutos, avanza.
Etiopía: el segundo "pfffssshingada madre...mmmm". Tras haberme levantado a las 5 de la mañana, estar a las 6:30 en el Pro, salir a las 7 en carro, llegar a las 7:50 a carretera y dirigirme a Querétaro por 2 horas, perderme una media hora, estar ahí todo el día, gustoso, hasta las 3 y regresar con el mismo tiempo, cuando me recibió la lluvia por Reforma e Insurgentes y lo único querer es regresar, Etiopía es un ¡exceso!.
Pero como su nombre lo dice, llegó Eugenia, el buen comienzo de la superación de la lentitud. División del Norte, Zapata, Coyoacán, Viveros y por fin Miguel Ángel de Quevedo. Me regalé al bajar 5 tacos de suadero, 3 de tripa y 2 de longaniza. 30 pesos. Y así acabó uno de los días más cansados de mi estancia, pero de los más intesos.
Al final, desairé el cilantro y la cebolla, quizá en ese honor a los olores metroriles.